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IES Pino Montano

IES Pino Montano

Periódico digital del instituto Pino Montano (Sevilla).

Cuarenta años ya

Cuarenta años ya

            Sí, este año se cumplirán cuarenta años desde que abrió sus puertas el IES Pino Montano en el barrio que le presta su nombre.

            No mucho después comenzó mi idilio con él y por razones sin demasiada nobleza. Yo entonces vivía en el Núcleo Residencial Los Arcos y pasaba por su puerta, casi de madrugada, camino de Cazalla donde estaba comenzando mi andadura profesional. Y miraba con envidia aquel edificio solitario, en medio de un amplio descampado, en el arrabal de la ciudad, como el destino más deseable del país, a cinco minutos de mi casa.

            Justo enfrente, por donde hoy discurre la SE-30, se levantaba en verano un efímero cine al aire libre. Y todo el frontal del Instituto, entre la pizzería y la tienda de perfumes que hoy veis, las autoescuelas lo tenían convertido en una enorme pista de prácticas para los futuros conductores. Lo demás era campo y escombreras de la ciudad en crecimiento, reino de ratas; también, de sabandijas, algunas de las cuales, cazadas por el alumnado diestramente asesorado por alguna profesora de Ciencias Naturales, hoy son patrimonio del Departamento de Ciencias Naturales, eternizadas en alcohol.

            Veintiocho años de esos cuarenta yo he sido un asiduo de sus aulas; he entrado cada día, casi sin ausencias, por sus puertas y he labrado buena parte de mi historia personal en sus pasillos. Tengo perspectiva suficiente de su dilatada trayectoria como para permitirme trasladaros mis propias reflexiones al respecto. Y vosotros sabréis perdonarme la osadía.

            Un Centro educativo es como una célula diminuta en el cuerpo de una sociedad o de un país; sufre los mismos cambios del organismo complejo. Este no ha sido diferente, aunque la respuesta adaptativa ha sido excepcional.

            En 1977, cuando se inauguró este Centro, acababa de ser aprobada la Ley para la Reforma Política. El IES Pino Montano abría sus puertas en el momento mismo en que las Cortes Franquistas quedaban disueltas y daba comienzo la transición hacia un sistema democrático. Su historia es historia viva del país, fiel reflejo de este periodo, todavía breve pero lleno de cambios extraordinarios y  acelerados.

            Por lo que respecta a la propia  educación pública en aquellos años, era un espacio bravío y sin regulaciones en muchísimos aspectos, heredera de la dictadura que reforzaba de forma desmedida la autoridad de unos y se despreocupaba de los derechos de otros. En realidad, casi todo dependía de las relaciones personales o de la fortuna; de qué tipo de persona te tocara como compañero o como profesor. Los Centros Escolares vivían en sus carnes una organización piramidal donde el principio de autoridad resultaba indiscutible. Existía el convencimiento en buena parte del personal de los claustros de que el prestigio profesional era inversamente proporcional al número de alumnos aprobados en tu aula. A mayor número de aprobados, mayor tu desprestigio como profesional válido.  

            Yo mismo fui partícipe involuntario de esa organización piramidal. Durante mi periodo de prácticas, en uno de los institutos de mayor solera de la ciudad, en las reuniones de Claustro, la mesa del profesorado estaba ocupada por el Equipo Directivo y por los catedráticos y catedráticas. Solo ellos tenían,  desde su innegable autoridad, derecho a tomar la palabra. El resto, profesores agregados, profesores en prácticas e interinos, asistíamos al acto como oyentes en un gallinero improvisado con sillas de madera desde un rincón de aquella sala. Al segundo claustro, yo escapé de allí y me senté a fumar en las escaleras de acceso a las plantas superiores del edificio con otros compañeros a los que invité a compartir mi vicio y mi disgusto. Pronto, las escaleras se convirtieron en el claustro genuino, donde hablaba cualquiera que tuviera algo que decir.

            El IES Pino Montano no resultaba muy diferente en algunos aspectos. Arrastramos culpas de aquel concepto de enseñanza autoritaria y controlada por una minoría, conscientes de que al aprobar sus oposiciones, se ganaban  derechos, no escritos pero incuestionables.

            En aquellos días lejanos una profesora del Centro solicitó el Salón de Usos Múltiples para una representación de teatro a fin de curso. Era joven. Tenía en su cabeza proyectos más participativos y fecundos. Había preparado con sus alumnos aquel acto, con mimo y a conciencia. Se le negó. Lo que hoy conocemos como Salón de Usos Múltiples, útil para muchas cosas diversas y colectivas, era entonces el Salón de Exámenes. Sólo eso. Utilizarlo para un acto gozoso era violar su condición, humanizarlo, privarlo de su connotación controladora y temible.

            Pero el impulso natural de las iniciativas enriquecedoras es incontrolable. Las personas con carácter y convencidas de la justicia de su causa, también. Aquella obra de teatro se representó en la columnata del patio y una multitud de alumnos asistió desde el jardín y aplaudió a rabiar a sus compañeros al terminar la obra. Ya nunca le volvieron a negar el uso del Salón. Y el aula de Teatro lleva treinta años con nosotros, cumpliendo su función enriquecedora, pero también social, ayudando a gente tímida y retraída a ganar seguridad en sí misma, capacidad para expresar sus criterios y sus emociones, y relaciones de amistad que trascienden con mucho el periodo escolar.

            A otra profesora, también joven e inquieta, que defendía una necesaria aproximación al alumnado y a sus familias para que nuestro trabajo educativo encontrara colaboración en las familias y mutuo apoyo, se le afeó aquella propuesta y se le dijo en un claustro que su iniciativa era producto de su maternidad frustrada.

            A mí mismo, a quien el discurso acerado y feroz de otros no me causa temor alguno y que me enfrentaba a aquellas posiciones ideológicas con cierta frecuencia en las reuniones de Claustro, me tuvieron un curso completo sin aula establecida para impartir latín a un grupo de 3º de BUP. Un Jefe de Estudios, con quien a veces me las tuve tiesas, literalmente me dijo que, si era tan habilidoso como parecía en los Claustros, “me buscara la vida”.

            Recuerdo estas cosas sin el más mínimo encono, sin rabia, sabedor de que eran fruto de aquel tiempo. La transición fue un periodo áspero, de cambios radicales y no siempre bien aceptados. Había gente que cavaba trincheras y defendía sus posiciones con dureza en los centros escolares, como en la propia sociedad; otros intentaban conquistar las mismas posiciones con el cuchillo entre los dientes. La dictadura nos dejó una herencia de autoridad mal entendida, privilegios injustificables, ausencia de regulación legal  e indefensiones que costó superar.          

            Y cualquier cambio legal genera conflictos. La LOGSE, el primer gran cambio educativo de la democracia, los generó por doquier.

            La ley sufrió rechazos desde muy diversos segmentos de la sociedad, incluyendo los Centros Educativos. En unos, los de EGB, porque les arrebataba alumnos y puestos de trabajo al encomendar a los alumnos a los Institutos a los doce años; en otros, los Institutos, porque los convertía en Centros casi de primaria, encomendándoles la educación de alumnado mucho menos formado  e independiente.

            Pero también produjo un fuerte rechazo en grandes capas de la sociedad, puesto que prorrogaba la escolarización obligatoria hasta los dieciséis años. No todo el mundo aceptó aquello como un proceso necesario para homologar nuestra formación a Europa, a cuyas puertas estábamos llamando. Tampoco se percibía por parte de la sociedad el brusco cambio que aguardaba en cuanto al acceso al mercado laboral.

            El Centro pasó por los peores momentos de su historia en esa etapa de profundos cambios educativos y sociales. Abundaban los adolescentes que se veían forzados a seguir en las aulas dos años más de su vida, cosa que ni ellos ni sus familias deseaban. Y abundaban las reacciones negativas, los problemas de adaptación, el rechazo al sistema y la conflictividad ambiental. Padres y profesores nos citábamos con frecuencia, no para colaborar en el proceso de educar a sus hijos, sino para medir nuestras fuerzas en torneos de lanza y adarga, en los que peleábamos de forma improductiva y, a menudo, hasta la puerta del  juzgado de guardia.

            Todos hicimos un esfuerzo, la sociedad y nosotros. Todos salimos airosos, aunque temo que quedaron víctimas; siempre las hay, gente que acabó cansada de este oficio y gente que logró escapar de nosotros sin titulación alguna y sin haber mejorado sus capacidades de la forma adecuada.

            Visto en perspectiva, con la calma que da haber sobrevivido, de haber salido casi ileso de tantos cambios pendulares propiciados por la falta de respeto de la clase política al sistema educativo, puedo decir que este Centro me llena de orgullo.

            No creo que lo que sigue  lo perciba la gente, porque casi nadie valora la vocación de trascendencia de un centro educativo, pero estoy seguro de  que no hay en el barrio nada con más poder aglutinante, con más identidad, con más historia verdadera que nosotros. Nada ni nadie habrá colaborado más al lento pero imparable viaje que venimos realizando juntos para mejorar los niveles culturales, la obtención de títulos universitarios, el posicionamiento social de los jóvenes del barrio en zonas más influyentes del abanico social de la que han ocupado sus mayores.

            Pero cuarenta años no son nada. Os lo recordaré dentro de otros cuarenta años, cuando el IES Pino Montano haya doblado otra esquina en las callejas del tiempo. Veréis como permanece en ese cruce, inalterable, cumpliendo su función sin aspavientos, de forma eficaz, íntimamente satisfecho de sus muchos aciertos y procurando aprender de sus errores. Porque es un centro con carácter, trasciende a las personas. Cada uno de los que hemos pasado por sus pasillos y sus aulas le hemos dejado algo nuestro, íntimo, seguramente bueno, y él, el Centro, lo ha ido convirtiendo en fortaleza y buen hacer.

            Antonio Jiménez

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