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IES Pino Montano

IES Pino Montano

Periódico digital del instituto Pino Montano (Sevilla).

Abstinencia

 La Resolución de Jubilación Forzosa que he recibido firmada por la Delegada Provincial de Educación, dice que he dedicado a ese servicio 37 años y 11 meses de mi vida.  
      Han sido más años, pero eso no figura en sus registros.
    Mucho tiempo, como para pretender que no deje secuelas, automatismos y necesidades. Cuando ya casi había aprendido el oficio, debo empezar a olvidarlo; ahora tengo que aprender a vivir sin él.
          Hoy es el primer día en los últimos cuarenta años en el que falto a la apertura del curso, veintiocho en el IES Pin Montano, si no fallan mis cuentas. No sé todavía si lo echaré de menos. Siempre pensé que yo no era demasiado necesario en la Enseñanza pero que la Enseñanza era muy necesaria para mí. Por dos razones. Una, el aula es el microcosmos ideal para un tipo con vocación histriónica como yo. Dos, en su interior he sido feliz porque se cumplieron casi siempre tres principios básicos sobre los que se sustenta esa sensación subjetiva de satisfacción personal que podemos confundir con la felicidad que perseguimos: he tenido a quien querer, me he sentido valorado y me he sentido útil.
        Así que, quizás contra la corriente de sus detractores, yo me declaro con perspectiva una persona agradecida a este oficio noble, sacrificado y prometeico, que consiste en creer firmemente que el futuro de la humanidad se cocina lentamente en las aulas del mundo.
        Esa conciencia y el ejercicio consecuente de mi oficio ha mejorado también mi perspectiva sobre los tiempos que me ha tocado vivir. 
     En un discurso torpe y emotivo como respuesta al hermoso discurso de despedida de mis propios compañeros, en boca del Director del Centro, dije en junio dos verdades de peso, que no quería jubilarme y que me jubilaba con una sensación amarga de fracaso generacional.
   La sensación de fracaso tiene que ver con ese convencimiento de que el futuro en buena medida se cocina en las aulas. Al final uno ha de tragarse el sapo de la duda sobre si ese principio será una ilusión de tu conciencia. Porque la sensación que tenemos es que el futuro no se cocina en las aulas, sino que lo van cocinando los mercados a fuego arrebatado, sin preocuparse en absoluto de otro resultado que la instrumentalización humana como pieza del sistema productivo, el control de la riqueza y el usufructo exclusivo de sus beneficios. 
       El sistema educativo y la conciencia de los profesionales debe ser todavía en algunos lugares del mundo el último bastión que les queda por conquistar. Pero a fe mía avanzan a pasos agigantados.
     No quiero alargarme demasiado en argumentaciones cansinas. Me remitiré a recientes noticias sobre esa Evaluación Mundial que conocemos con el nombre de PISA. Sabemos cuál es su origen y cuáles sus objetivos; ahora empiezan a aflorar las consecuencias sociales en aquellos países que convirtieron las propuestas de la OCDE en el faro de sus sistemas educativos.
    Singapur ha copado durante años los puestos de excelencia en esas evaluaciones. Hoy sabemos, por la reflexión de sus propios profesionales y sociólogos , que el sistema educativo ha generado niños autómatas, dependientes, infelices, faltos de creatividad y con escasas habilidades sociales.
        El conjunto de islas que conforman el país, sin territorio físico para la autonomía alimentaria, sin recursos naturales, poblada por una sociedad analfabeta a mediados del siglo pasado y con un vecino poderoso y hostil, se entregó a la propuestas de la OCDE sin reservas y estableció un rígido sistema educativo con horarios escolares similares a los horarios fabriles de la Primera Revolución Industrial y la amenaza de exclusión de los rezagados detectados en exigentes reválidas desde la Escuela Primaria.
        Potencia ese sistema el conocimiento en Matemáticas y el bilingüismo, el chino mandarín, imprescindible para la introducción en el mercado chino, y el inglés, imprescindible para transacciones con el resto del mundo. El resto de los conocimientos se diluye, por resultar intrascendentes para la supervivencia, que estribaba en poner al alcance de las multinacionales mano de obra cualificada y sumisa, bien diseñada por el propio sistema educativo que potencia la competitividad y no la conciencia colectiva.
   Hoy el propio gobierno y el profesorado empiezan a lamentar su servilismo con las propuestas de los poderosos del mundo.
     “Durante años, -dicen- , hemos producido trabajadores para las multinacionales con la ventaja del blingüismo, pero hoy China ha abierto sus mercados y el inglés se ha extendido por la zona. Ya no somos imprescindibles. Tenemos muchas calculadoras andantes, pero nadie tiene conocimientos de Historia o de Arte; casi nadie practica el dibujo, la música o el deporte. Nuestra sociedad es poco hábil para improvisar y poco sociable en general”
        Es lo que tiene cualquier forma de colonización. Cuando han esquilmado los recursos de un lugar, las multinacionales se marchan a territorios con mejores condiciones y dejan tras sí una sociedad empobrecida, enfermiza y desnaturalizada, desprovista de sus propias capacidades para afrontar el reto del futuro.
     Hace ya muchos años que concebí el aula como un reducto de resistencia numantina frente al pensamiento único y frente a la instrumentalización humana como una pieza de la maquinaria productiva. Nuestra principal obligación no es producir, es vivir. Y la segunda obligación, es procurarnos una vida digna de forma colectiva, algo parecido a la felicidad relativa que proporciona la colaboración y no la competitividad.
      Hace ya muchos años que concebí el aula como el último reducto del humanismo. Y no hablo de especialidades de Bachillerato, sino de la puesta en valor del ser humano y sus derechos inalienables frente a los descarnados intereses del mercado.
      Y, a pesar de ese regusto amargo de derrota generacional, aún tengo por seguro que no serán los mercados, sino las aulas las que acabarán diseñando un futuro más humanitario.
     Hoy he empezado a sentir un resquemor de envidia hacia quienes, todavía, tienen la oportunidad de seguir reivindicando en las aulas la condición humana frente a ese enemigo invisible y poderoso.
       Ojalá la conciencia social se les torne favorable y los acompañe en este reto en el nos jugamos una buena parte del futuro.

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