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IES Pino Montano

IES Pino Montano

Periódico digital del instituto Pino Montano (Sevilla).

Derecho a decidir si, derecho a mentir no

 

Quería escribir algo desde un punto de vista racional y razonable sobre la irracional situación que se está viviendo en Cataluña en estos momentos.

Estoy absolutamente convencido de que escribir "desde las tripas y desde la visceralidad" no sirve para nada, que lejos de aportar posibles soluciones solo sirve para echar más leña al fuego y ya tenemos bastantes pirómanos.

Estoy absolutamente convencido de la necesidad de dialogar, aunque sé sobradamente que algunos han abandonado el diálogo hace tiempo, y de la necesidad de tratar de tender a una solución de consenso que seguramente no gustará a algunos, pero satisfaga a la mayoría.
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Creo sinceramente que, no sólo los catalanes, sino cualquier nacionalidad que se sienta insatisfecha en un estado debiera tener la posibilidad legal de salir del mismo, porque los estados no pueden mantener en su interior a los ciudadanos permanentemente a base de leyes coercitivas sino que deben tenerlos y retenerlos gracias a proyectos de futuro compartidos.

Creo todo eso, y lo creo a pies juntillas a pesar de que me dé mucha pena que una parte sustancial de los catalanes, entre los que cuento con algunos buenos amigos, quieran emprender un camino solitario. Eso me puede molestar o doler (en el sentido machadiano del término) pero lo asumo si es la voluntad de la mayoría.

Lo que no puedo asumir de ninguna manera son los argumentos y las formas que se están utilizando para verbalizar y llevar a cabo ese “deseo de irse”.

No harían falta argumentos de ningún tipo, sino simplemente la voluntad de poner en común un proyecto distinto, pero una voluntad mayoritaria, obviamente.

No sé, yo no vivo en Cataluña, si ese sentimiento es tan mayoritario o no. Los resultados de las últimas elecciones no lo acreditan así pero no seré yo quien les niege sus derechos, sean mayoría o minoría.

El  Estado español no va a contar conmigo desde luego para que me movilice para criminalizar a alguien porque se quiere ir, esa es su decisión, y como todas las decisiones es respetable.

Pero, dicho lo anterior, es absolutamente necesario que señale que un buen número de los argumentos que estoy oyendo entre los líderes y padres "intelectuales" de la independencia catalana ( a eso me refería cuando hablaba de la verbalización) mueven a sonrojo a cualquier persona con un mínimo de formación e información.

Me sorprende profundamente el nivel de cinismo con el que se permiten decir unas cosas cuando están en televisiones de ámbito estatal y otras, absolutamente distintas, para consumo interno, cuando están en televisiones o radios catalanas, y no digamos ya cuando están en conferencias o actos en los que creen que no se están realizando grabaciones…

Me preocupa que barbaridades y “burradas” del tipo de la "Corona catalano-Aragonesa" o  “Los países catalanes”, así como afirmaciones del tenor de que "Algunas comunidades autónomas de España, como el País Vasco o Cataluña, se sienten naciones” encuentren acomodo no ya en charlas o conferencias impartidas por personajes de la talla intelectual  de Víctor Cucurull, sino en libros de texto que se obliga a estudiar al conunto de los niños y niñas catalanes.

Y me preocupa porque pone de relieve que frente a los nacionalistas extremos españoles, que siempre me han dado mucho miedo porque me gano la vida explicando las barbaridades que han hecho en los últimos dos siglos en nuestro país, ha surgido un nacionalismo exacerbado catalán de corte muy similar al español.

Así, entre brutos y animales anda el juego. Con un gobierno del Partido Popular que busca rédito electoral y hacer sangre a la izquierda en el tema catalán y con un govern  de Catalunya instalado en el disparate frente a la “madrastra España” y al 50% de su propia población.

Así estamos y así contemplamos atónitos el brutal intercambio de garrotazos entre Rajoy, envuelto en la bandera española y Puigdemont, envuelto en la bandera catalana.

Y esa imagen me hace recordar  aquella mala reputación que,  en  los años 50 y, en Francia, Georges Brassens entonaba combativo:

Au village, sans prétention,
J'ai mauvaise réputation.
Qu'je m'démène ou qu'je reste coi
Je pass' pour un je-ne-sais-quoi! 
Je ne fait pourtant de tort à personne 
En suivant mon chemin de petit bonhomme.
Mais les brav's gens n'aiment pas que
L'on suive une autre route qu'eux,
Non les brav's gens n'aiment pas que
L'on suive une autre route qu'eux,
Tout le monde médit de moi,
Sauf les muets, ça va de soi.

... Y todo ello mientras "los burgueses lo miraban con recelo".

En España, en aquellos momentos, nadie te miraba con recelo porque, entre otras cosas ni Dios se hubiese atrevido a cantar algo parecido: Franco aún jugaba, (permítaseme el recurso literario) al blanco con todo lo que oliera a rojo o masón -republicanos, socialistas, anarquistas, comunistas y nacionalistas no españoles-.

Y recuerdo aun con mayor viveza porque eso sí lo viví cuando, pasados los años, aquí, en España un tal Paco Ibáñez se atrevió a volver a cantar, lo que obviamente le costó salir por piernas, lo mismo, pero en español:

En mi pueblo sin pretensión 
Tengo mala reputación, 
Haga lo que haga es igual 
Todo lo consideran mal, 
Yo no pienso pues hacer ningún daño 
Queriendo vivir fuera del rebaño
(…)
Cuando la fiesta nacional 
Yo me quedo en la cama igual…

Eran otros tiempos sin duda distintos de los actuales. 

Corrían los primeros años setenta, años en los que tal vez estuviésemos equivocados en multitud de cosas pero, al menos teníamos algunas otras muy claras:

Queríamos, en una España gris y cenicienta, tener el derecho a equivocarnos; reivindicamos el derecho a no tener que ponernos firmes cuando sonase el himno, cualquier himno; Teníamos sueños e ilusión y los que tenían mis compañeros de partido y militancia (uno más la larga lista de partidos que el franquismo consideraba ilegales) no eran muy diferentes en Sevilla que en Santiago de Compostela, en Madrid que en Barcelona.

Nos defendíamos unos a otros con la solidaridad propia, y tal vez inconsciente, de la juventud. 

Imprimíamos panfletos y, a falta de himnos nacionales, aprendimos a fumar Ducados y a cantar Mediterráneo, Te recuerdo Amanda o Léstaca.

Sabíamos, todos nosotros sabíamos, que las banderas nacionales son trampas mortales que los canallas usan para envolver los intereses de los ricos, de los grandes propietarios, de los dueños de las cosas y de las almas.

Teníamos tan claro aquello de que no hay nada más parecido a un pobre de París que un pobre de Madrid…que todo ello nos llevó a abjurar de ese nacionalismo decimonónico estúpido y vil que envolvía en maravillosa tela de raso sus bastardos intereses.

Tal vez, por ello, nos emocionásemos tanto cuando, con muchos años de retraso respecto del resto de Europa, pudimos ver en España, en “Senderos de Gloria” como aquel apuesto Kirk Douglas  (Coronel Dax) hacía suya la célebre frase de Samuel Johnson: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”.

Pero pasaron los años, tal vez nos cansamos de pelear; seguro que nos equivocamos en multitud de cosas y, como dice un moderno cantautor certificamos de forma triste que los eslóganes del mayo del 68 eran falsos y que "bajo los adoquines no había arena de playa”. O eso, o simplemente tiramos por el camino más fácil.

Hoy veo con gran decepción que aquellas generaciones que nos formamos en el antifranquismo militante (en el que que tampoco fuimos tantos, aunque ahora muchos se apunten y aprovechen que el dictador murió para querer lancearlo en la tumba) hemos perdido no sólo la iniciativa, sino también la capacidad de generar una ilusión común y hemos permitido que en un tema tan decisivo como el que nos ocupa la solidaridad y el compromiso hayan cedido el terreno al enfrentamiento de dos grandes patriotas: Puigdemont a un lado, Rajoy a otro.
 
Pobre Cataluña. Pobre España

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